Tres meses después de la muerte de mi madre, mi padre intentaba encajar
mi mochila de Batman en el maletero del coche repleto de cajas. Nuestro piso
estaba vacío. En nuestras vidas también faltaba algo. Papá intentaba sonreír.
Me repetía constantemente que todo iba a ir bien. Pero yo intuía que ni él se
lo creía. Me senté en mi silla, me abroché el cinturón y arrancamos hacia la
A6. Viajábamos rumbo a Galicia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario